miércoles 10 de junio de 2009

Elegía del perro tuerto

París se repite un par de veces hasta adherirse a un porta vaso
y entre risas ajenas y la suya hacemos fondo.
También Venecia se diluye hasta aguarse en una servilleta.
Yo tengo un refugio: entro en sus manos.

Astuto frío,
bravucón.
Astuto frío,
tajarme así.

Una sala de cartón corrugado ansía el beso que empieza.
Ya todo es circular y hoja de otoño.
También el beso insípido se deshace en mi boca.
Diminutos estallidos se conservarán como frutos rojos.

Asoma el frío,
desafiante.
Inútil es el frío
cuando quema el sol.

jueves 9 de abril de 2009

Raíces

Acá, bien a la sombra, radiante, prende mi color.
Acá, cuando el mítico sofocón pudre las letras, comienzo.
Acercate y mirame, ¿no es acaso glorioso,
saber que acá, bien a la sombra, originamos?

Brotaste de raíces adventicias
Y así, de pronto, te quise.
Oscuro y hermoso, te aferraste a mí.
Y así, perennes, presenciamos la noche.

Acá, longevos y distantes, talamos el porvenir.
Aún acá, bien a la sombra, azota el calor.
Es hoy o nunca o nos damos al sol.
Ahora, ¿no es acaso triste saber que acá, sólo a la sombra, existimos?

De raíces adventicias brotamos
Y así de pronto, somos
sórdidos y mortales.
Así, discontinuos, desarraigamos la noche.

miércoles 11 de marzo de 2009

Nos soltamos las manos.

Nos soltamos las manos
y todo tembló ¿O fuimos nosotros?
La lluvia humedeció lo que debía.
Ennegreciendo nuestras suelas.
Desprendiéndonos.

‘Fenómeno, el nuestro, disolver el verano’
Dije, mientras nuestros latidos caían
como piñas en seco.

De nada sirven los cuerpos que aparentan.
Difuntos en el suelo distorsionan el paisaje.
No dan frutos ni brillan como búhos en la noche.

Son nada.

Nos soltamos las manos.
Vi las hojas aferrándose al árbol.
La lluvia se llevó lo que debía.
Recordé en cada estación
las veces que fuimos sauce entre tantos edificios.

viernes 20 de febrero de 2009

Con el corazón a la sombra

Ella se esconde siempre detrás del mar, dice que allá a lo lejos hay un coral lleno de peces sin espinas ni gusto a sal donde abundan fuselajes de sirenas de ademanes aliviados, como si el inminente sufrimiento de amores malditos conservara la piel en estado con estampas de un afable mordiscón. Anclado y humillante. Eterno y aún más pulcro que sus cabellos derrotados. Ella se asoma resplandeciente a orillas del sol y besa mis párpados con sed. Los besa sin calcinarse, tiene su corazón a la sombra y el mío también. Doradas a espaldas del sol y a la vista de nubes incesantes y bien lustradas, musitamos sobre el lienzo. Mortífera es la risa que arrastra las olas hasta acá. Saben a mí y golpean arenosas el cuerpo que rechazan. Comienzo a temblar y ella apresura la despedida. Puedo ver cómo se aleja mientras mi mano juega a atraparla y se filtra detrás del sol. Puedo ver cómo su nado deja estela al ras del mar mientras un cuerpo que desconozco se enreda entre las algas condensado y sin mutar.

jueves 18 de septiembre de 2008

Un par de aros con piedritas verdes.

El laberinto es tedioso y sólo un puritano suave como diente de león es hábil en perderse. Se dejan caer deseosos ante el primer soplido. Desperdigan sus semillas para ahogarse en ciénagas de espuma. Ellas lo saben: no todos, sólo los puritanos traspasan la cera y llegan al caracol. Ínfimos y hermosos bailan mejor de noche; con un mero firulete pueden hacer de un hombre un prendedor. Impares piedritas verdes rodean a una aún más resplandeciente. Ligeras y en transe, apenas sujetas, danzan en espiral a la deriva del vértigo. Pueden caer y ser aplastadas como migas de pan, ellas lo saben; una vez vueltas a pegar no serán las mismas, ya no las sacarán tan seguido como entonces a bailotear. Ellas lo saben, las han visto mal fijadas y sin brillar. Sin embargo ahí están, enfrentando mareas tropicales y vientos castaños, fuertes y sedosos. Ahí están, adrenalínicas, sostenidas por una tuerquita que aguanta a duras penas pero aguanta porque son un lindo par. No miran hacia abajo y saben, muy en el fondo saben, que si caen siempre habrá un puritano dispuesto a encontrar una tuerquita imposible o un cristal bien verde mar adentro.

viernes 20 de junio de 2008

Nirvana

El asceta ama hasta sus pelotas. Hasta el hartazgo. Y no duerme él sobre retazos de seda. Mantiene su ego anestesiado ahí en el huequito de una muela ausente. Es encantador cómo se sacrifica el santón con muestras de fuego aguantando toda una vida en una pata y negándole a un ojo (uno solito) otras deidades más carnales, terrenales de igual naturaleza. Es devastador verlo sonreír cuando su condición no es sana. No come, no bebe. Medita ávido sobre la cima de una montaña. Entra en trance, tiene su culo adormecido. Sonidos de tranvía anuncian necesidad. Se retuerce como un saquito de té y a las cuentas de su collar se les une el ombligo formando un pentagrama famélico cargado de un lenguaje fútil. La carne le pesa al esqueleto y el esqueleto punza la carne. Hay amor, hay deseo. Ay, dolor.
Anudado hasta la cresta se mufa y se inflan de ganitas los orificios de su nariz. Acá no hay globo que aguante, acá hay 108 razones por las que descarga y te nombra y te nombra y te nombra y despierta de su letargo. Mueve su viborita al compás del tabú. Se tambalea la viborita de un lado al otro y rompe la cesta. Se extiende en zigzag por el suelo queriéndose enroscar su propio cuello. Metástasis musical. Se yergue saludando al sol y acaba con el hombre escondiendo pruebas del nirvana debajo del tapiz.

lunes 26 de mayo de 2008

Amanita Muscaria

Tus patitas de plasticola se pegan en mi iglú. Las veo desde el vidrio boca abajo resbalarse pegajosas. Se impregnan de azul. Con una de ellas, la izquierda, frotás tus ojos una y otra vez para ver lo que querés: mi piedra facetada reflejándose en cada una de sus caras. Y te duele y te gusta. Tu boca perfora y baja: saboreás. De tu trompa escurres como esponjas cubitos de cristal, uno de ellos muestra un paisaje de laguna escarlata. Rueda sin nieve ni sinfonía sobre escamas esquivando pintas blancas que algunas aparentan ser almohadas otras nubes de papel. Evitás salpicarte de vos separando las patas. Lo que sea que haya caído no dolió. Seguís aterrizado en mí. Succionando y chupando con tu lengua prensil y áspera mi hielo. No contagia tu libido y no ríen mis cosquillas con los pelos de tus alas. Y si tiemblo no es el grito del cuerpo sino el ronronear de la carretera. Seguís consumiendo de mi seta como la rémola de los restos del tiburón. Aún no molesta. Aún no pesa. Y aunque te note un poco intoxicado te voy a dejar estar. Te dejo seguir prendido como un prendedor olvidado en algún saco viejo ahorcado en el placard.